Las costas en tiempos de crisis

Por Rafael Boglio Martinez

…el aprovechamiento de recursos marinos se remonta a hace 164,000 años, y que hace 110,000 años la dieta se había diversificado e incluía especies como lapas y moluscos. [1]

            Curtis W. Marean

Al igual que tantos otros datos ligados al origen de nuestra especie, los Homo sapiens, la fecha exacta en la cual los humanos comenzaron a integrar los recursos marinos a su dieta permanece aún envuelta en un manto de incertidumbre y debates contenciosos. Las fechas propuestas por el Prof. Curtis W. Marean, arqueólogo de la Universidad Estatal de Arizona, resultan sumamente reveladoras no porque pongan fin a esa incertidumbre, sino porque ligan el inicio del consumo intenso de recursos marinos a un periodo crítico en la historia de nuestra especie. Los Homo sapiens aparecen en el récord fósil hace aproximadamente 195,000 años atrás, fecha que coincide con el inicio de un periodo glacial (estadio isotópico marino 6) que duró hasta hace 123,000 años atrás. El clima extremadamente frío y seco que imperó durante ese periodo hizo escasear las plantas y los animales que nutrían la dieta de aquella especie incipiente de cazadores y recolectores que habitaban las sabanas africanas. Como consecuencia, nuestra especie sufrió un descenso poblacional dramático que puso en riesgo su existencia.

¿Cómo subsistieron aquellos antepasados nuestros que lograron sobrellevar las limitaciones impuestas por el recrudecimiento climatológico? Según el Prof. Marean, al menos un grupo de Homo sapiens se desplazó hasta la costa del Sur de África donde explotó con éxito las plantas y los mariscos que abundaban en esa zona. La costa, ese eco-sistema en el cual convergen y se combinan recursos terrestres y marinos, se caracteriza por la gran diversidad de flora y fauna, diversidad que permitió la supervivencia de recursos útiles para el consumo humano aún durante una época glacial.  En la costa de Sudáfrica, nuestros antepasados encontraron abundantes arbustos y malezas cuyos frutos resultaron fáciles de explotar mediante el empleo de técnicas de recolección previamente desarrolladas en las sabanas africanas. Por ejemplo, en esta zona costera proliferan los geófitos, plantas que desarrollan órganos subterráneos de gran valor alimenticio, como tubérculos y bulbos. Estas plantas están adaptadas a condiciones áridas, lo que favoreció su persistencia durante la época glacial. El identificar, extraer y consumir tubérculos y bulbos no constituía un reto insuperable para una especie como la nuestra, la cual había ingeniado el uso de palos o coas para extraer raíces en la sabana africana.

Sin embargo, la costa configura un ecosistema distinto al de la sabana, hecho que impuso retos y cambios al modo de vida de estos cazadores y recolectores. La costa sudafricana no disponía de grandes mamíferos que pudieran ser cazados como fuentes de proteínas. Ante esa escasez de mamíferos, los humanos identificaron otra fuente rica en proteínas y ácidos grasos omega 3: los mariscos. Las corrientes ricas en nutrientes que fluían hacia las formaciones rocosas de la costa sudafricana crearon lechos ideales para un sinnúmero de mariscos. Los abundantes restos arqueológicos recuperados de mejillones, caracoles de mar y otras especies de conchas evidencian la importancia que cobraron los mariscos en la dieta de estos humanos durante un periodo en el cual escaseaban otras fuentes proteínicas terrestres. Los restos arqueológicos también sugieren que las conchas fueron alteradas para fines decorativos, evidencia de que los recursos marinos fueron aprovechados para usos que excedían la mera subsistencia. Estos usos simbólicos de las conchas representan, según la interpretación del Prof. Marean, los primeros indicios de que los humanos “habían incorporado en su visión del mundo y en sus rituales una estrecha relación con el mar.”[2]

Los humanos han cultivado esa “estrecha relación con el mar,” o la costa, para ser más precisos, desde ese momento hace miles de años atrás que le proveyó los recursos necesarios para superar aquella primera crisis producto de condiciones climatológicas adversas. La relación se tornó tan íntima que comunidades enteras de humanos en diferentes lugares del planeta desarrollaron modos de vida basados principalmente en la explotación de recursos costeros y marinos. La relación también se fue transformando con el tiempo. Le hemos añadido otros valores a la costa, como el recreo y esparcimiento. En fin, a partir de unos orígenes accidentados e incidentales, nuestra relación con la costa se ha solidificado como una imprescindible para nuestra vida como especie.

Desgraciadamente, el valor económico y recreativo de la costa ha desembocado en un uso abusivo de la misma con consecuencias muy graves para ese ecosistema. La sobre-explotación de recursos marinos y la transformación de la costa para nuestros usos recreativos ponen en riesgo no solo la diversidad, sino también la viabilidad de ese ecosistema. A este asedio humano le tenemos que añadir los embates de los cambios climatológicos actuales (¡impulsados y agravados por la actividad humana!) que están alterando las temperaturas del mar y re-dibujando las costas. Irónicamente, los humanos han llevado la crisis al ecosistema que le permitió salir de su primera crisis existencial. Legado infame que debemos rectificar.

Un número cada vez más alarmante de sociedades humanas contemporáneas se describen a sí mismas como en crisis, ya por crisis económica, política o convivencia. Puerto Rico no está exento de esas dinámicas. La isla muy bien podría servir de modelo para varias de esas crisis mundiales. Las crisis son fuentes de problemas, pero también presentan nuevas posibilidades. En Puerto Rico, por ejemplo, se ha comenzado a considerar la agricultura como un sector con posibilidades de abonar a solucionar varias de nuestras crisis: la hipertrofia económica (la manufactura como sector superdominante), el desempleo, la precariedad de nuestra soberanía alimentaria, la sustentabilidad ambiental, etc. Aunque el planteamiento de retomar la agricultura después de décadas de abandono sistemático es sumamente alentador (siempre y cuando sea una agricultura pensada desde nuestras necesidades y oportunidades), no debemos olvidar que gran parte de la huella ambiental que deja la agricultura se siente en la costa: sedimentación producto de erosión, nutrientes y químicos de abonos y plaguicidas que entran a cuerpos de aguas que desembocan en el mar, y desechos de ganado y porcino que contaminan ríos y quebradas que van a parar a nuestras costas. Desde el punto de vista de la costa, el desarrollo del sector agricultura no puede ceñirse a los viejos modelos agroindustriales que aún imperan en Puerto Rico. Si la agricultura va a jugar un rol significativo en el desarrollo de una nueva economía para el país, tiene que hacerlo teniendo en mente el bienestar de la costa.

Por último, la consideración de la costa como espacio de oportunidad para superar nuestros problemas actuales (más allá de su atractivo turístico) no ha calado en la discusión pública del país. Pienso que la historia es buena consejera en este aspecto. La costa nos ha servido de diferentes maneras a través de los años: desde fuente de subsistencia, hasta fuente de imaginarios y modos de vida. Algo de eso se debe recobrar hoy día. Hay prácticas económicas que podrían fortalecerse y ayudarían a atender varias de nuestras crisis: la pesca genera empleos, amplía la oferta de comestibles producidos localmente, contribuye a una dieta más saludable y requiere de un uso responsable de los recursos marinos para su sustentabilidad. Del mismo modo, la costa es escenario de prácticas recreativas que promueven su conocimiento y conservación a la vez que ofrece un sano esparcimiento a grupos familiares, amistades o conciudadanos.

Según nos ayudó en un principio, la costa nos podría ayudar en esta nueva coyuntura histórica. Ahora bien, esa planificación debería tener como punto de partida el restablecimiento de esa relación estrecha y simbiótica que ha hecho de la costa uno de esos espacios cruciales para nuestro éxito como especie. Me parece que después de miles de años de estrecha convivencia, eso le debemos a la costa.


[1] Marean, C. W. “Cuando el mar salvó a la humanidad.” Investigación y Ciencia, octubre 2010, pág. 28.

[2] Ibid. pág. 30.

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2 comentarios en “Las costas en tiempos de crisis

  1. Rafael: Te felicito por un escrito muy interesante al traer la historia de como se ha utilizado la costa para la subsistencia del ser humano. En Puerto Rico seguimos cometiendo el error de utilizarla como eje de las industrias de la recreación y el turismo pero las agencias encargadas de promover estas actividades nunca se han preocupado por su conservación y si en su desarrollo y explotación y ese es el problema mayor. Ejemplo de esto es la nueva campaña de la Isla Estrella. Exito. Chapa

  2. Es muy interesante la perspectiva del uso milenario de los recursos, en este caso la costa. A veces me pregunto donde se llevaron la costa, para darme cuenta que para ningún lado, solo que la hemos tapado con estorbos “arquitectonicos” que para mi son de mal gusto ; hieren la sensibilidad de dicho recurso. Mientras nos envolvamos en la minucia diaria, seguimos perdiendo el horizonte. Aún así, la costa será la costa, aunque sea otra.

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